Category Archives: Desigualdad

Jess Benhabib sobre democracia y distribución

En los últimos años, la literatura de economía política ha prestado bastante atención a esta pregunta. Fue Lipset el primero en sugerir esta relación (conocida como la teoría de modernización) pero, hasta el artículo de Acemoglu et al (2008) en el American Economic Review, no habíamos tenido evidencia creíble sobre esta relación.

En este video, Jess Benhabib, profesor de New York University, discute esta relación en una conferencia organizada por la Barcelona School of Economics.

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La maldita desigualdad

Acabo de leer un artículo de Pedro Francke en el que comenta los resultados del libro escrito por el epidemiólogo ingles Richard WilkinsonThe Spirit Levelsobre los efectos perversos de la desigualdad. Pedro resume los hallazgos del libro de este modo:

“Estudios científicos muestran que los países con mayor desigualdad económica tienden a sufrir los siguientes efectos:

1. La gente vive menos y la esperanza de vida es menor.

2. Su gente es menos feliz.

3. Crecen económicamente menos.

4. La confianza entre sus ciudadanos es menor.

5. El status social de las mujeres es más bajo.

6. Hay más personas mentalmente enfermas.

7. Consumen más Drogas.

8. La movilidad social es menor.

9. Hay más adultos y niños obesos.

10. Los niños aprenden menos y tienen menos logros educativos.

11. Hay más embarazos adolescentes y más abortos.

12. La tasa de homicidios es mayor.

13. Los niños son más propensos a la violencia.

14. Hay más presos en las cárceles.

Como ven, amigos, la lista es larga y las implicancias son grandes. La desigualdad es socialmente corrosiva.” La desigualdad es corrosiva.

Un problema con el argumento que Pedro toma del libro de Wilkinson es que es muy difícil poder establecer una relación causal precisa entre la desigualdad y las dimensiones arriba citadas. La mayoría de los estudios que exploran estas correlaciones están plagados de problemas de diseño, por lo que, es difícil argumentar que las correlaciones mostradas revelen una verdadera relación causa-efecto. Podría ser que, sean factores no observables el que expliquen tanto la desigualdad como el crimen, por mencionar solo una de las dimensiones del listado de Pedro.

Aunque cueste admitirlo, es muy poco lo que los economistas realmente sabemos sobre los efectos de la desigualdad, en parte porque ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en que (o cuales) dimensión(es) de la desigualdad es(son) la(s) que importa(n).

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Reivindicando a Romerito (I)

Hace un tiempo se armó en la blogosfera una discusión interesante que tenía que ver con la peruanidad y la forma en que los peruanos percibimos el éxito y el fracaso de los connacionales. Esta surge a partir de una serie de posts que escribiera Silvio Rendón en el Gran Combo Club acerca de lo que él llama el “síndrome romerito” (ver la discusión aquí, aquí, aquí y aquí), que mas o menos refiere a esta suerte de incapacidad que tendríamos los peruanos para ganar. Martin Tanaka desde su blog contrapuso al “síndrome romerito” con lo que él denomina el “efecto salmón” y el “efecto caballo de troya”, haciendo notar con ello de que el éxito requiere, por un lado, del apoyo de otros (en el caso de un deportista, de buenos técnicos, buenos dirigentes, apoyo de la empresa privada, entre otras cosas) y –por el otro- de la existencia de grupos de avanzada que van abriendo la cancha para los que vienen detrás. Los logros recientes de Kina Malpartida y de Claudia Llosa, a diferencia del “fracaso” de Romerito, serian –de acuerdo con Tanaka-una expresión de lo anterior:

“Digamos que Romerito perdió porque estaba muy solo: era un buen boxeador, pero no tenía buena esquina. Tal vez Kina Malpartida ganó porque, además, de ser buena, tenía buena esquina. Y esa buena esquina, el apoyo profesional que requería para avanzar, no lo tenía en el Perú. Por ello tuvo que conseguirlo en Australia y en los Estados Unidos. La anécdota de que con pasaporte peruano no consiguió visa para poder pelear en los Estados Unidos, y que por ello tuvo que sacar pasaporte australiano es muy elocuente. Peleó con una bandera de Australia: no importa. Lo importante es que su triunfo puede ser útil para los deportistas peruanos.

Creo que algo parecido se puede decir de Claudia Llosa: su éxito también puede ser leído como fruto de la iniciativa de un grupo de adelantados. Lo que no consiguieron aquí lo consiguieron fuera. No importa: su éxito puede abrir puertas y dar oportunidades a más peruanos.” El Efecto Salmon y el Caballo de Troya.

Quiero retomar la discusión, pero dándole énfasis a una suerte de dimensión distributiva implícita en el debate que me parece se perdió un poco en la discusión original. Mi argumento va como sigue: para evaluar el éxito de un peruano en el exterior, deberíamos prestar atención no solo a las limitaciones que este enfrenta por el hecho de ser peruano, sino también a las limitaciones que están asociadas con el lugar original que este ocupa en la distribución del ingreso.

Un ejemplo claro de la primera (el costo de ser peruano) lo encontramos cuando un peruano quiere hacer un doctorado en el exterior: los peruanos carecemos de las conexiones y contactos que tienen otros latinoamericanos y eso se refleja en el tipo de programas doctorales en los que usualmente estos se encuentran. Por ejemplo, es difícil encontrar peruanos en programas top ten en economía y supongo que la situación es similar en otras carreras. Basta mirar con los doctorados (cuando estos existen) de los profesores de las principales universidades del país para darse cuenta de ello, así como los programas de doctorado en los que están enrolados la gente de mi cohorte. A la misma conclusión llegaríamos si miramos en donde enseñan los peruanos que se dedican a la docencia en el exterior: Roberto Chang, probablemente el economista peruano más reconocido en el exterior, es profesor de Rutgers University, la cual no tiene un departamento de economia rankeado dentro de los 50 mejores del mundo. Lo mismo no pasa con los argentinos o chilenos que tienen varios economistas enseñando en universidades top como el MIT (ej: Ricardo Caballero e Ivan Werming).

Al costo de ser peruano hay que añadirle el progresar viniendo de más atrás. Volviendo al boxeo, hay que decir que Romerito era pobre, de un barrio marginal, mientras que Kina Malpartida claramente no. Mientras que Malpartida ciertamente tiene el mérito de haber logrado ser exitosa a pesar de sufrir todas las limitaciones asociadas con el ser peruana, difícilmente alguien podría decir que tuvo que enfrentar además el hecho de no tener recursos ni contar con oportunidades en país desigual y excluyente como el nuestro. Kina debe haber gozado de oportunidades educativas y laborales que escapan del alcance de un peruano promedio, mientras con seguridad Romerito estuvo excluido de estas (incluso hasta luego de la pelea con Mancini, tanto que solo consiguió un empleo de sereno y tuvo que migrar ilegalmente a España). Kina tuvo los recursos para irse a Australia para poder dedicarse al boxeo, mientras que con seguridad Romerito no hubiera podido hacer lo mismo. A pesar de todas esas limitaciones, Romerito fue un boxeador de elite que reto al campeón mundial de aquel entonces, “Boom Boom” Mancini. No ganó el título, es cierto, pero eso no lo hace un sinónimo de fracaso. El haber estado en el mismo ring que Mancini disputándole el título mundial, viniendo de la marginalidad en la que vivió en su natal Trujillo y sin contar con el soporte profesional con el que contaba Mancini, no puede ser considerado un sinonimo de fracaso. No lo creo.

Hace un tiempo en el blog de Martin Tanaka, a propósito de este tema de la diferencia entre Romerito y Kina, alguien llamado Jerónimo Pimentel escribió un comentario que me parece que es probablemente el mejor de los que he leído en la web. Lo copio completo:

“Quisiera hacer un comentario respecto al mal llamado “Síndrome Romerito” y a lo injusto que me parece que se le utilice como símil del fracaso. Romerito fue descubierto por casualidad por un empresario boxístico que buscaba talentos en Trujillo y lo eligió del mismo que modo que los norteamericanos reclutan desadaptados en el Bronx: el box no es un “deporte” en tanto no hay nada lúdico (o metafórico) en su esencia: un gol duele simbólicamente (una pelota entró al arco) pero un golpe duele realmente, en el hígado o la cara (ver On Boxing, Joyce Carol Oates). Los candidatos ideales para ello son entonces supervivientes, sobre todo de entornos precarios. ¿Un ejemplo? Las barriadas de Trujillo en los años 70s de donde salió Romerito.

Él tuvo el mérito de vencer su coyuntura y, como bien dice Kike Pérez, sin “esquina” ni preparación comparable a la que tiene acceso un profesional de verdad, llegó a retar a uno de los mejores púgiles de su categoría en la historia: Boom Boom Mancini, quien venía de matar a un coreano en su pelea anterior. Mancini, sobra decirlo, contaba con un equipo y una preparación de alta competencia, mientras que Romero contaba son su talento y una asesoría absolutamente amateur.

Después de esa pelea el Perú le reservó a Romerito un puesto como sereno de Jesús María. El “sistema deportivo peruano” (si existe algo que merezca ese nombre) ni siquiera lo recicló de entrenador o buscador de talentos o profesor de Educación Física. No. Sólo sereno. Luego emigró de ilegal a España, se regularizó, gracias a compatriotas asentados (Caballo de Troya) puso un restaurante temático, y hoy vive cómodamente usufructuando las regalías de su paso por el Madison Square Garden. En España no pueden creer la pelea que le hizo a Mancini, y los especialistas consideran que el triunfo del ítalonorteamericano se debió a un “lucky punch”. Negarle méritos o usarlo como metáfora del fracaso (Bye Bye Romerito, El Síndrome Romerito) me parece de una mezquindad enorme.

Ahora voy a correr el riesgo de hacer el papel de aguafiestas –no lo soy, no quiero serlo, pero la argumentación puede dar a entender eso- matizando el logro de Kina Malpartida, logro que por supuesto celebro y disfruto como amante del box. Pero comparar un campeonato de box femenino, que prácticamente es una competición en ciernes y semiamateur (baste ver el récord de las contendientes, su condición técnica y la semiclandestinidad con la que se practica –no existe vídeo serio de la contienda-), con una final contra Boom Boom Mancini en el estelar de una noche en el MSG, es por lo menos descabellado. Sucede que el Perú es un país que, desde la obsesión por el fracaso, añora el triunfo al punto de haber hecho del éxito la medida de todas las cosas, ensalzando así lo que tiene a mano y denigrando lo que pudo ser pero no fue. ¿Es que un cinto hace mejor a un deportista respecto a otro? Los que amamos los deportes en general, y el box en particular, sabemos que ambas trayectorias son difícilmente comparables, y aprendemos a asumir la relativa aleatoriedad de la victoria ante condiciones parejas como un atractivo más de lo que vemos. ¡Pobre de aquellos que buscan idiosincrasias nacionales en un deporte que ni siquiera califica como tal! ¡Pobre del país que necesita héroes (Brecht-Galileo) y los encuentra en el boxeo femenino! La de Kina Malpartida es una gran victoria suya, un campeonato plausible digno de toda celebración, pero no por eso debemos satirizar o denigrar otros triunfos que las anteojeras del éxito nos impiden ver. A Romerito nadie le regaló nada. El Perú quiso de él un sereno o un delincuente, y él fue un boxeador de élite. Ni tampoco nadie regaló nada a Rivadeneyra, ni al mejor boxeador de toda nuestra historia, el gran Mauro Mina, que nunca fue campeón por obra de las mafias del box estadounidense (siendo el primero en el escalafón no se le dio la oportunidad de retar al campeón), pero que no por eso deja de estar a años luz en calidad técnica y victorias de la buena y reinante “Dinamita” Malpartida.”

Mas que un signo del fracaso, Romerito es una expresión del peruano que logra hacerse un lugar a pesar de la adversidad. Al igual que Kina, Romerito tuvo que enfrentar todas las limitaciones asociadas a ser peruano. A diferencia de esta, Romerito vino de atrás, de los barrios pobres de Trujillo, con todas las desventajas asociadas a nacer y crecer en la pobreza y la marginalidad. A pesar de ello, Romero llegó a la pelea con Mancini invicto, con 14 victorias a cuestas, y tumbó a este último hasta en dos oportunidades antes de ser vencido. Como dice Pimentel, Romerito pudo haber terminado siendo un delincuente pero fue un boxeador de elite que retó al campeón mundial a pesar de todas las limitaciones que enfrentó, careciendo de apoyo técnico y soporte profesional. Si Kina no hubiera sido boxeadora, tal vez hubiera seguido haciendo tabla o quizás estaría ahora dedicada al modelaje. Tenía oportunidades, posibilidad de elegir. Dudo mucho que decir lo mismo de Romero.

Con esto no quiero restarle merito a nadie. Kina es campeona mundial sin discusión y es un orgullo tenerla de compatriota. Solo quiero reivindicar a Romero porque en un país en donde los pobres carecen de oportunidades, hacer lo que él hizo es para quitarse el sombrero. Porque al final del día, reivindicar a Romero es reivindicar -de algún modo- a tanto compatriota que lucha por progresar a pesar de la pobreza y la carencia de oportunidades, haciendo lo posible por ser más de lo que el Perú espera de ellos. Algunos lo logran, otros –como Romero- quedan muy cerca de la gloria, y no pocos se quedan en el camino.

Todavía queda mucho por hacer para que, aquellos que logran superar la adversidad, no sean una pequeña minoría. Y tengo la impresión de que eso tiene poco que ver con recursos y más con el combate contra las prácticas excluyentes que se reproducen cada día en el país. Para volver al ejemplo académico con el que empecé esta discusión, ¿Por qué uno casi no encuentra egresados de universidades públicas haciendo el doctorado en el exterior? Mi hipótesis es que ello se debe a las barreras que existen en la academia local. En Argentina por ejemplo, un egresado de una universidad pública como la UBA, si es lo suficientemente bueno, puede trabajar con algún profesor de una universidad privada de prestigio y conseguir una carta de recomendación. Ello es posible porque existen espacios académicos más abiertos, en donde los estudiantes de universidades públicas pueden presentar sus investigaciones y ganar atención en función a la calidad de su trabajo. En el Perú esos espacios casi no existen y por asimetrías de información los centros de investigación existentes no contratan egresados de universidades públicas. La paradoja es que mucho capital humano valioso puede terminar perdiéndose aun cuando podría ser más rentable contratar a un egresado de nivel de universidad pública.

La otra diferencia es que los programas de postgrado en Argentina compiten por los mejores estudiantes del país otorgándoles becas y otras ventajas. El incentivo es atraer estudiantes que se espera luego tendrán una performance exitosa en los programas de doctorado, lo cual redundaría en el prestigio del programa. En el Perú, los programas de maestría no tienen ese tipo de incentivos. Aun los programas que tienen una lógica similar de colocar a sus egresados en el exterior todavía son muy nuevos y no tienen una plana docente completamente académica como las que uno ve en Argentina o Chile. En ese contexto, el egresado de pública que quiere avanzar tiene que hacer un salto al exterior para seguir progresando. Así, mientras que en Argentina, un egresado de una universidad pública puede tener oportunidades de investigación en la academia local y acceso a programas de postgrado que le permitan luego ir un doctorado de nivel, en el Perú se debe salir del país si es que uno se quiere dedicar a la investigación. No es raro, entonces, que uno se encuentre con egresados de la UBA haciendo el doctorado en el MIT, Princeton, Stanford, Yale, por mencionar solo algunas de las universidades rankeadas en las que estos están. Una academia abierta y competitiva es, a mi entender, la explicación más sencilla a lo anterior.

OTRO SI DIGO:

Para una vision contraria a mi reivindicacion de Romero, ver este articulo de Renato Cisneros en el Comercio:

http://elcomercio.pe/impresa/notas/bye-bye-romerito/20090223/249884

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Brechas salariales de género y etnia en América Latina

Para los que no tienen la suerte de conocerlo, Hugo Ñopo es un economista peruano especialista en temas de discriminación que trabaja en el Banco Inter-Americano de Desarrollo. Hugo tiene un paper que usa las estrategias de emparejamiento (conocidas popularmente como matching) para descomponer brechas salariales que ha sido publicado en el Review of Economics and Statistics. Comparto una entrevista realizada por CNN en la que Hugo comenta los resultados de un estudio comparado sobre brechas salariales por género y etnia en varios países de la región.

Embedded video from CNN Video


En lo personal, he utilizado el método desarrollado por Hugo para un estudio sobre brechas salariales por discapacidad para el caso peruano. Me parece una herramienta muy útil, pero que exige una lectura cuidadosa de los resultados. El tema es que cada vez que estimamos una brecha salarial lo que hacemos en realidad es cuantificar la contribución de un conjunto de variables observables y no observables a las diferencias observadas en un outcome determinado, como salarios o participación laboral. Lo que usualmente se conoce como el componente no explicado, atribuido a la “discriminación” en esta literatura, es en realidad un montón de cosas que no podemos controlar en el análisis econométrico; una suerte de residuo de Solow. Es una medida de la magnitud de nuestra ignorancia respecto a factores que determinan las brechas de resultados entre individuos.

Desde el BID Hugo y sus co-autores han venido trabajando en estudios de caso para varios países de la región. Aquí va una lista parcial:

Perú:

http://www.iadb.org/res/publications/pubfiles/pubWP-675.pdf

Brasil:

http://www.iadb.org/res/publications/pubfiles/pubWP-681.pdf

Ecuador:

http://www.iadb.org/res/publications/pubfiles/pubWP-679.pdf

Guatemala:

http://www.iadb.org/res/publications/pubfiles/pubWP-641.pdf

Chile:

http://www.iadb.org/res/publications/pubfiles/pubWP-562.pdf

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El mito de la persistencia histórica de la desigualdad en América Latina

Estas últimas semanas he estado ocupado con exámenes y demás cosas del doctorado que no tuve tiempo para completar un post que tenía pendiente sobre desigualdad. Ahora que ya estoy un poco más libre, aquí va el post. Dado que la última vez que postee discutía un paper sobre historia, aprovecho para comentar algunos papers sobre desigualdad en América Latina desde una perspectiva histórica. Lo interesante de estos papers es que vienen recolectando evidencia histórica que pone en entredicho la idea de que América Latina siempre fue la región más desigual del mundo, idea que formó siempre parte de cierto sentido común impuesto por la literatura dependentista y que ganó cierto popularidad entre los académicos más serios a partir de los trabajos de los historiadores económicos Stanley Engerman de la Universidad de Rochester y Kenneth Sokoloff, quien fuera profesor de la Universidad de California en los Angeles hasta antes de su relativamente reciente fallecimiento.

La tesis de Engerman y Sokoloff sostiene que son diferencias en las dotaciones de factores las que explicarían el origen de un alto nivel de desigualdad en la región en el contexto del proceso de colonización española y portuguesa. La existencia de recursos naturales con alto valor en el mercado y abundante fuerza de trabajo nativa favoreció la concentración de la tierra y el poder político en manos de los conquistadores, lo cual derivo en la creación de instituciones extractivas que persistieron en el tiempo. De esta manera, “…in societies that began with extreme inequality, elites were better able to establish a basic legal framework that insured them disproportionate shares of political power, and to use that influence to establish rules, laws, and other government policies that greatly favored them relative to the rest of the population in terms of access to economic opportunities, contributing to persistence of the high degree of inequality” (Engerman y Sokoloff 2002).

Los esfuerzos por testear las tesis de Engerman y Sokoloff son relativamente recientes. Por ejemplo, Nathan Nunn –un profesor asistente en Harvard- testea empíricamente en este articulo varios de los mecanismos sugeridos por Engerman y Sokoloff con datos tanto de las colonias como de USA encontrando resultados mixtos. Por un lado, el autor encuentra evidencia que la esclavitud tuvo un efecto negativo en el desarrollo y en la desigualdad actual, aunque no afectó la desigualdad inicial tal y como lo sugiere la hipótesis original de Engerman y Sokoloff.

Este último punto es especialmente vital, pues pone en cuestión la idea de que la desigualdad siempre fue alta en América Latina; o, como diría el profesor Adolfo Figueroa en su Sociedad Sigma, que los países de la región habrían “nacido” desiguales y que dicha desigualdad se habría reproducido en el tiempo. Un estudio reciente del historiador económico Jeffrey Willianson trae abajo esta idea, que –como bien menciona el autor- carecía de sustento empírico y se trataba nada más de una creencia que ha demostrado ser falsa. De acuerdo con Willianson, la desigualdad en la región no fue alta antes de la llegada de los españoles ni tampoco en las décadas que siguieron a la conquista. Recién a partir de mediados del siglo XIX la desigualdad en la región se habría acentuado.

Los datos en los que se basan esta conclusión vienen de un estudio hecho por Branko Milanovic del Banco Mundial (quien fuera profesor en un curso sobre desigualdad para el staff del Banco al que asisti), Peter Lindert de la Universidad de California en Davis y el mismo Willianson dedicado a medir la extensión de la desigualdad en la antigüedad. El estudio es muy interesante en tanto se basa en el uso de diversas fuentes como las llamadas tablas sociales. En el caso del Perú, la observación más antigua es de 1876, la cual es construida a partir de un estudio de Shane Hunt y Albert Berry. De acuerdo con esos datos, la desigualdad en el país -medida por medio del coeficiente de Gini- era de 0.42 en aquel entonces. Usando datos del 2001, los autores computan un Gini de 0.52, lo cual sugeriría que la desigualdad habría aumentado, aunque otros estudios sugieren que el Gini para aquel año es muchísimo menor al calculado por estos autores.

Volviendo al tema, creo que este paper es muy útil porque hace explicito el pensamiento contrafactual que se encuentra implícitamente en el sentido común que existe respecto a la evolución de la desigualdad en la región. Decir que una región ha sido siempre la más desigual del mundo supone tener un punto de referencia sobre el cual hacer la comparación pues solo se puede ser “más desigual” en relación a algo. El problema con los argumentos de Engerman y Sokoloff es que estos autores toman como punto de comparación Estados Unidos, cuando lo que se tendría que hacer es comparar América Latina con Europa en su fase pre-industrial. Cuando dicha comparación es realizada, la tesis de Engerman y Sokoloff no tiene soporte empírico. Así, el coeficiente de Gini (ajustado por tamaño de la población) de America Latina durante la época previa a la industrialización (1880) fue de 0.47 mientras que en el caso de Europa pre-industrial (1810) dicho indicador fue de 0.53.

Otra contribución interesante del paper es que permite trazar la evolución de la desigualdad en la región desde 1492 (ver grafico de abajo). De acuerdo con los estimados de Williamson y compañía, la desigualdad en la región antes de la conquista fue bastante modesta y similar a los niveles de otras sociedades pre-industriales pobres. Las décadas después a la conquista se caracterizaron por incremento de la desigualdad que debe haber precedido a una reducción importante de la misma debido al desastre demográfico ocasionado por la conquista. Este último punto es muy interesante y es muy parecido a lo documentado por Aylwin Young acerca de cómo la epidemia del SIDA en África ha llevado a un incremento del ingreso per-capita debido al colapso poblacional. Luego, la desigualdad experimento un incremento significativo (de 0.36 a 0.57) hacia momentos previos a la independencia producto de la recuperación poblacional y el crecimiento del producto, a partir de la cual la desigualdad nuevamente cayó (de 0.57 a 0.46) debido esencialmente a los efectos negativos de los procesos de independencia sobre la evolución del producto. Después, la desigualdad se incremento nuevamente debido al boom exportador que ocurrió a finales del siglo XIX.

En conclusión, América Latina no siempre fue desigual. Tampoco es cierto que la desigualdad fue “viscosa” y por tanto poco sensible a variaciones significativas en el tiempo. Por el contrario, la desigualdad parece haberse tenido una alta varianza en el tiempo en un sentido muy similar a como evoluciono en otras regiones del mundo. En lo que sí es diferente la región es que no experimento una reducción importante de la desigualdad durante el siglo XX como ocurrió en otras partes del mundo. Peter Lindert ha sugerido que dicha reducción de la desigualdad ha estado asociada con la expansión del Estado del Bienestar, lo cual podría dar una pista de porque la desigualdad en la región no siguió la misma evolución: América Latina tendría un Estado de Bienestar truncado y en ese tipo de Estado del Bienestar el que estaría detrás de este fenómeno. Un tema que amerita mayor estudio.

Con el paper de Willianson se va un mito que también yo daba por cierto. De hecho, en algunos de mis trabajos di por cierta la hipótesis de Engerman y Sokoloff y cite extensamente las contribuciones de estos autores. Supongo que en eso la vida académica no es muy distinta a la vida cotidiana: muchas cosas que damos por ciertas terminan siendo falsas.

Otras lecturas sobre el tema

Recomiendo este articulo de John Coatsworth, el mismo que contiene una crítica interesante a la literatura desarrollada a partir de Engerman y Sokoloff. Leandro Prado de la Escosura ha colectado también evidencia respecto a la evolución de la desigualdad en la región desde una perspectiva histórica. Una relectura a los trabajos originales de Engerman y Sokoloff no vendría mal (en especial, este, este y este). Para una revisión de la literatura de historia económica reciente vinculada con estos temas, recomiendo este excelente survey escrito por Nunn.

evoluciondesigualdad http://d1.scribdassets.com/ScribdViewer.swf?document_id=21378026&access_key=key-21qd1cpupgph6c2nm34c&page=1&version=1&viewMode=

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Las contradicciones de Humberto Campodónico sobre la evolución de la pobreza y la desigualdad

Leo con sorpresa la última columna de Campodónico –basada en un reporte de la CEPAL- en la que admite que la desigualdad no disminuyo, o dicho más claramente, que la desigualdad no aumento como ha argumentado extensamente en artículos anteriores para el caso peruano. Veamos lo que nos dice ahora el articulista de la República:

“En Brasil, el Gini se reduce de 0.64 a 0.59, con lo que sigue siendo el campeón de la desigualdad. Colombia baja de 0.60 a 0.58, Bolivia de 0.59 a 0.56, Chile de 0.55 a 0.52 y Perú de 0.53 a 0.51. En Venezuela se produce una de las mayores bajas del Gini, pues pasa de 0.48 a 0.43. En los países donde la desigualdad aumenta tenemos a Uruguay (de 0.43 a 0.46) y Costa Rica (de 0.47 a 0.49).

En general, lo que se aprecia en América Latina es que en los años de gran crecimiento económico, apenas si se redujo la desigualdad. Algo parecido sucede con la pobreza, según el mismo Informe, ésta bajó de 211 a 184 millones de pobres del 2000 al 2007, cifra insuficiente.” Hubo boom económico y la desigualdad casi ni se movió

Entonces, ¿en qué quedamos? Ahora Campodónico nos dice que la desigualdad y la pobreza si cayeron, pero que dicha caída no fue suficiente. Sin embargo, El año pasado nuestro autor escribía lo siguiente:

“Cuando se analizan las encuestas recientes sobre la evolución de los salarios, la pobreza y la desigualdad, la conclusión es la siguiente: a pesar del crecimiento económico, se han ampliado las brechas entre ricos y pobres.” Porque hay desigualdad hay pobreza.

En el mismo artículo, otra perla:

“Ciertamente, si la mayoría de agujas de pobreza y desigualdad apuntan hacia el sur, es porque la bonanza macroeconómica se concentra en la costa y en los sectores más ricos. Y la actual política económica, que es la de Fujimori, sigue en lo mismo, profundizando las desigualdades.”

Así, cualquiera puede ser analista económico, ¿no creen?

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Una teoría sobre la exclusión social: Una aproximación de competencia por activos (III)

Por su parte Acemoglu, Johnson y Robinson (2000) sostienen que dicha desigualdad inicial es producto del carácter de la estrategia de colonización que siguieron los europeos y las instituciones relacionadas con esta. De acuerdo con estos autores, en aquellos lugares en donde el clima y las condiciones de vida en general fueron adversas a los colonizadores europeos (expresado ello en una alta tasa de mortalidad de los colonizadores), se desarrollaron instituciones de naturaleza extractiva, diseñadas fundamentalmente con el propósito de transferir recursos desde la colonia hacia el país colonizador el menor costo posible. En estos lugares no se desarrollaron instituciones de derechos de propiedad ni mucho menos contrapesos al poder político, representación electoral, protección legal contra la expropiación estatal o sistemas de administración de justicia abiertos. De esta manera, las instituciones conformadas, producto de la estrategia de colonización seguida por los europeos, favorecieron la concentración del poder político y la riqueza, constituyéndose en sociedades marcadamente desiguales. Este parece haber sido el caso de América Latina, en particular de las sociedades andinas, cuya abundancia de recursos parece haber favorecido la constitución de instituciones marcadamente extractivas.  De acuerdo con estos autores, el “… main objective of the Spanish and Portuguese colonization was to obtain gold and other valuables from America. For example, soon after the conquest the Spanish Crown granted rights to land a labor (the Encomienda) and set up a complex mercantilist system of monopolies and trade regulations to extract resources from the colonies” (Acemoglu, Johnson y Robinson 2000:8).  Estos recursos fueron abundantes en los territorios que hoy constituyen los países andinos.  

La segunda pregunta es de suma relevancia, mas una si tenemos en cuenta que instituciones acentuadamente ineficaces en términos del progreso social persisten a pesar de sus efectos perniciosos. Las hipótesis formuladas para explicar dicha persistencia institucional son diversas. Por ejemplo, North (1993) ha subrayado la importancia que tienen los esquemas subjetivos de los miembros de una sociedad y el conjunto de restricciones informales que acompañan a esta, en la constitución de arreglos básicos que promueven o dificultan el desempeño económico a largo plazo y que, una vez articulados, generan una senda de dependencia (path dependence) difícil de modificar.  De acuerdo con North, “… una vez que se establece la vía de desarrollo en un curso fijo, las externalidades de la red, los procesos de aprendizaje de los organismos y el modelamiento subjetivo de las cuestiones, derivado históricamente, se refuerza el curso” (North 1993:129), a pesar de que, inclusive, se modifiquen luego abruptamente las instituciones formales por medio de, digamos, una revolución social o un proceso de reforma radical. El caso de América Latina es sintomático en este sentido, pues los esfuerzos que realizaron los independentistas para adaptar instituciones y reglas formales similares a las anglosajonas en la región no pudieron alterar las pautas de comportamiento establecidas por las instituciones pre-existentes. En palabras de North: “La persistencia de la pauta institucional que había sido impuesta por España y Portugal siguió desempeñando un papel fundamental en la evolución de las políticas latinoamericanas y en sus percepciones, así como en cuanto a distinguir y diferenciar la historia de este continente, a pesar de la disposición después de la independencia de un conjunto de normas similares a las de la tradición institucional inglesa que dieron forma a la vía (institucional) de los Estados Unidos” (North 1993:135).

Siguiendo esta línea, Acemoglu et al (2000 y 2001b) han sugerido tres mecanismos a través de los cuales se puede explicar la persistencia institucional:

a)      El establecimiento de instituciones que establezcan contrapesos al poder político y protejan los derechos de propiedad es costoso, por lo que las elites podrían no tener incentivos para “costear” cambios institucionales, ya sea que estos busquen establecer instituciones eficientes o procuren introducir instituciones de carácter extractivo.

b)     Las ganancias derivadas de una estrategia de naturaleza extractiva dependen crucialmente del tamaño de la elite. Si la elite es muy pequeña y los retornos esperados de establecer instituciones extractivas para cada miembro de esta son elevados, entonces los incentivos para emprender un cambio institucional de esta naturaleza pueden ser muy altos. Esto podría explicar, por ejemplo, la persistencia de instituciones como la esclavitud después de declarada la independencia en la mayoría de las naciones latinoamericanas. Las elites se habrían montado sobre las instituciones dejadas por los españoles y portugueses (Por ejemplo, la esclavitud se mantuvo en Brasil hasta 1886).

c)      Finalmente, si un conjunto de agentes ha realizado inversiones que son compatibles con un determinado tipo de instituciones (por ejemplo, inversiones en capital fijo y capital humano), los incentivos que estos grupos tienen para mantener dichas instituciones podrían llevar a una mayor predisposición por sostenerlas en el tiempo, a través del uso de recursos económicos y políticos.

A partir de lo discutido a lo largo de esta sección podemos afirmar que existen razones de peso para creer que las instituciones básicas que caracterizan a las sociedades andinas de hoy son el producto evolucionado de un conjunto de arreglos institucionales que, por una serie de circunstancia históricas, nacieron con un carácter marcadamente inequitativo y cuya naturaleza se ha reproducido a través del tiempo.  

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