El Angel de Budapest

Hace unas semanas atrás, leí este articulo en El País acerca del conocimiento que tuvo el dictador español Francisco Franco sobre las atrocidades del régimen de Hitler. La historia, resumida, es que un diplomático español, llamado Angel Sanz Briz, envió una nota diplomática desde Budapest en donde advertía sobre las matanzas de judíos en los campos de concentración. Así lo cuenta El País:

“El puñado de papeles que el diplomático envió a Madrid iba precedido de una carta a “Vuestra Excelencia” en la que informa “sobre el trato a que se condena a los judíos en los campos de concentración alemanes”. Desvelaba que se los habían hecho llegar “elementos de la junta directiva de la organización sionista de la capital”. “Su origen, pues”, se dice en la misiva, “le hace sospechoso de apasionamiento. Sin embargo, por los informes que he podido obtener de personas no directamente interesadas en la cuestión y de mis colegas del cuerpo diplomático aquí acreditado, resulta que una gran parte de los hechos que en él se describen son, desgraciadamente, auténticos”. Los papeles permanecían hasta ahora en los archivos del ministerio, en una carpeta donde se lee “no mostrar”. Ahora sirven para confirmar hasta qué punto el Gobierno de Franco, simpatizante de Hitler en la Segunda Guerra Mundial y ambiguo en sus posiciones hacia el final de la contienda, conocía con todo detalle el plan que los nazis estaban llevando a cabo para exterminar a los judíos.” Excelencia, esto ocurre en Auschwitz.

Sin embargo, lo central en esta historia, no es tanto el silencio del franquismo ante la barbarie nazi. Lo que conmueve en esta historia es el esfuerzo de este diplomático español para salvar a miles de judíos (la gran mayoría no españoles) de la muerte segura en los campos de concentración. Primero, Sanz pidió apoyo al Gobierno español para proteger a los perseguidos por el régimen nazi. Nunca recibió respuesta. Luego, apelando a una antigua ley (expedida en 1924 pero ya no vigente en aquel entonces) que permitía extender la nacionalidad española a judíos sefardí, Sanz logró convencer (soborno de por medio) al gobierno húngaro de extenderle 200 visados para ciudadanos españoles. Apelando a una criollada, Sanz convirtió estos 200 visados en alrededor de 5200. ¿Cómo? Lo contó el mismo Sanz en un libro escrito hace un tiempo atrás (“Los judíos en España” de Federico Ysart):

“Conseguí que el Gobierno húngaro autorizase la protección por parte de España de 200 judíos sefardíes (…) Después la labor fue relativamente fácil, las 200 unidades que me habían sido concedidas las convertí en 200 familias; y las 200 familias se multiplicaron indefinidamente, con el simple procedimiento de no expedir salvoconducto o pasaporte alguno a favor de los judíos que llevase un número superior al 200. Esos documentos se hicieron en muchísimas series, calificando cada una con las letras del alfabeto”.

No solo eso, tomando de sus propios recursos, Sanz alquiló varios edificios en donde cobijó y alimentó a los miles de judío que salvó. Tras sobornar a la autoridad regional nazi, logró que dichos establecimientos tengan condición de extraterritorialidad y por tanto sean considerados territorio español. Una acción muy valerosa para un diplomático de un régimen afín al nazismo como el régimen de Franco.

Pero Sanz no solo hizo eso. Según su viuda, en alguna ocasión el mismo Sanz sacó de trenes que se dirigían a campos de concentración a judíos que ya contaban con los documentos expedidos por la Embajada. Asimismo, un grupo de 500 niños judíos fueron puestos a buen recaudo en Tanger, en aquel entonces bajo el control español, debido a los oficios del diplomático.

Ante la inminente llegada de los soviéticos a finales de 1945, con los que España no tenia buena relación entonces por la afinidad del franquismo con el nazismo, Sanz fue obligado a dejar Budapest. Dejo todo el esquema que había ideado para salvar judíos en manos de sus colaboradores que siguieron trabajando en esa dirección hasta que finalmente los soviéticos acabaron con la represión de los judíos en Hungría. Sanz fue destacado a otros lugares después, e incluso estuvo un tiempo en Lima. Debido a razones políticas, su labor heroica estuvo silenciada (España e Israel recién establecen relaciones diplomáticas a partir de 1986 después de 11 años de la muerte de Franco. Por otro lado, había mucha resistencia en Israel por reconocer a un funcionario de un régimen afín al nazismo) tanto así que casi todo el reconocimiento público que obtuvo por su labor llegó después de su muerte en 1980. Su nombre recién gana notoriedad en 1991 cuando el Museo del Holocausto Yad Vashem de Israel le concedió póstumamente el título de “Justo entre las naciones”, el máximo reconocimiento que le otorga el Estado de Israel a quienes se distinguieron por su labor humanitaria a favor de los judíos durante la barbarie nazi. En 1994 el Gobierno de Hungría le concedió póstumamente la Cruz de la Orden del Mérito.

Sanz no tiene la fama que obtuvo Oskar Schlinder, el industrial alemán que salvó a 1100 judíos y cuya historia fue contada por la galardonada película La Lista de Schlinder de Steven Spilberg. Tampoco es muy reconocida la labor de Gilberto Bosques, diplomático mexicano que salvó a cientos de judíos y opositores del facismo alemán y español facilitándoles la huida a México, y a quien el Estado de Israel concedió también el título de “Justo entre las naciones”. Así como ellos, hay cientos de personas extraordinarias que no miraron al costado cuando la barbarie se volvía sentido común e hicieron algo, muchas veces poniendo en riesgo su propia vida, para proteger a los perseguidos. Seres que nos muestran que, allí en donde lo peor del ser humano asoma, también surge aquello que nos hace acercarnos a lo divino. Seres que defendieron la vida y lucharon por preservarla allí en donde el desprecio por esta llego a niveles inimaginables.

En un mundo en donde la intolerancia parece estar de vuelta y en donde algunos pretenden minimizar la barbarie, no está de más recordar a estas personas.

Para que no se repita.

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Filed under Derechos Humanos, Desaparecidos

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